15 febrero 2010

La ilusión del Vigía

“Desde su atalaya, contemplaba el valle disfrutando de cada uno de sus detalles. Y allí, más al fondo, el inmenso mar donde todas sus criaturas vivían pendientes de la aprobación de sus actos. Roax, el Vigía, sonrió. Tras largos años de esfuerzo, lo había conseguido”.

Da la sensación de que muchos directivos han leído con interés el final de esta (imaginaria) novela, y con un enorme esfuerzo y desgaste de energía, intentan llevarlo a la práctica.

Es la “Ilusión del Vigía”, el síntoma de un querer hacerse cargo que desemboca siempre en la sensación de que algo está fallando, que ocurren cosas inesperadas, que muchos de los asuntos importantes quedan aparcados. Y después llega el agobio y la desesperación al comprobar como las crisis se amontonan al otro lado de la puerta y de la línea telefónica, sin que “mi” equipo de trabajo sea capaz de resolver nada “si no estoy yo”. ¿Qué les habrán dado a mis "chicos/as" para que siempre estén desmotivados?

En ocasiones encontramos la explicación al síntoma en un sentido de la responsabilidad que necesita un reenfoque. En otras, es fruto de la desconfianza hacia el equipo. Habría sido necesario diseñarlo de forma adecuada, o darle la información completa que precisa o proporcionarle el grado de desarrollo conveniente. En todos estos casos, está en la mano del “Vigía” resolver la situación.

El “Vigía” debe saber algo ya; lo que pretende Roax, es imposible. En realidad es el mejor de los caminos hacia… la ineficacia.

¿Qué hacer entonces? Seguro que existen muchas soluciones diferentes pero las mejores apuntan hacia lo más lógico. El desarrollo del equipo de colaboradores y la generación de autonomía en sus componentes. Cuando las personas del equipo están por fin delante de un cliente, o redactando un informe, o manejando una máquina, han de tomar por su cuenta decisiones sobre imprevistos, o realizar elecciones entre varios cauces de actuación. Y se equivocarán muchas veces. Y los “Hijos de Roax” deberán entenderlo si quieren que su equipo madure y se comprometa con el proyecto, el departamento o la compañía. El directivo dispondrá de los medios de control que crea necesarios, en función de la importancia de la tarea y el nivel de madurez del subordinado, pero ni uno más.

¿Y de qué forma puede ayudar la Formación en esa “generación de autonomía”? Desde luego los conocimientos técnicos son esenciales y nos ponen en la línea de salida. Lo que conduce a la meta es una Formación que haga pensar, que debata “criterios” de actuación. Que proponga actividades constantes donde los formados aprendan a poner en práctica las herramientas que necesitan.

Ese tipo de Formación ayuda a las empresas a conseguir sus objetivos y a sus directivos, los “Hijos de Roax” a disponer de los recursos necesarios para ser eficaces.

Antonio Giménez

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